Hace unas semanas, bajo un cielo plomizo y viendo como resbalaba el agua de lluvia por este árbol quedé prendada de él y me dije que en mejor momento volvería y, aquí tenéis su imagen, sólo tiene flores blancas, un tanto ajadas (por la lluvia que tuvo que soportar), pero preciosas, no sé de que árbol se trata, pero sí que es bello.
Son imágenes de ahora, estamos en una tregua marcada por la madre naturaleza, nos sirve de respiro, para secarnos un poco, para deleitarnos del manto verde que lucen nuestros campos y plantas, en una palabra para disfrutar de nuestro muy querido paisaje.
Las hiedras trepan como siempre, con flores o bien frutos, pero majestuosas, enmarcadas en un limpio azul.
Me resulta enormemente gratificante alzar la vista y ver ese fondo de azul intenso, es un regalo para la vista.
Es el momento para asomarse al exterior, no importa desde dónde, pero lo haremos con la seguridad de que vamos a disfrutar de todo aquello que alcancen a ver nuestros ojos.
La naturaleza ya intuye que la primavera está cerca, hay que engalanarse para la ocasión y ¿qué mejor momento?, pues éste es un buen momento, días llenos de luz para empezar a lucir cada planta su mejor ropaje.
Los camelios tienen una gama amplia de flores vistosas, atrevidas, espectaculares..., o tímidas como ésta, mensajera de paz y de gran belleza, atrae nuestras miradas y permanece en nuestra retina,
lo mismo ocurre con las humildes plantas silvestres, si nos fijamos en ellas, conservaremos durante mucho tiempo su presencia y buscaremos con cariño otras nuevas, iguales o diferentes, este diente de león no quedó como un recuerdo de otra salida, es real, estos días lucía así de hermoso, pero pienso que se equivocó y nos brindó esta imagen antes de tiempo, de todas formas es grande disfrutar de él.
Como lo hacían el domingo estos dos perros jugueteando y bañándose en estas aguas tranquilas, supongo que muy frías, pero también muy azules, en este caso por reflejo de un cielo limpio y transparente.
El sábado en Riazor el mar estaba tranquilo, el oleaje era mínimo, en su suave ir y venir había una magia especial que invitaba a una continua contemplación.
Aquí, en este otro mirador que separa la playa de Riazor de la del Orzán, la cosa era, aunque igualmente bella, un tanto distinta, mar en calma, no estábamos en pleamar, sin embargo el golpear sobre el muro del mirador, las pequeñas olas salpicaban, se hacían notar, nos estaban mostrando lo fuerte que puede ser un mar embravecido y avisándonos de que no bajemos la guardia.
Se dice que tras la tempestad viene la calma, yo dí este paseo, como podéis ver, después de la tempestad, brillando el sol disfruté, recogí imágenes, cargué pilas, todo queda a buen recaudo, ¡ os lo aseguro !, y si conmigo llegasteis hasta aquí, agradezco vuestra compañía esperando lo pasarais lo mismo de bien que yo.
Abrazos.